Por qué me gustan los “malos” gerentes.

Cuando estaba en la universidad, me tocó una huelga de profesores que duró varios meses y me hizo sentir que estaba desperdiciando el tiempo. Decidí, luego de pensarlo bien y a pesar de los intentos de mi familia por convencerme de lo contrario, dejar la universidad para irme a otra ciudad a empezar a vivir por mi cuenta con la intención de retomar los estudios tan pronto como me estabilizara.

Con todo el vértigo e ilusión que se pueden tener en estas circunstancias, con 19 años, me instalé en la nueva ciudad y, con el soporte de mis hermanos, empecé a trabajar en cualquier cosa que me permitiera generar un ingreso y ahorrar para volver a estudiar; en los siguientes dos años fui mensajero, vendedor puerta a puerta, operador de un servicio de radiotaxi, cortador de papel en una imprenta, diagramador en una litografía y arte finalista en una agencia de publicidad; en ese último trabajo tuve la gran fortuna de vivir una experiencia que hoy quiero contar.

En 1995, año de esta historia, muy pocas organizaciones y personas tenían acceso a Internet. Por causalidades de la vida, cayó en mis manos una cuenta de acceso telefónico y eso cambió mi vida. Empecé a conectarme todo el tiempo que podía, vivía todos los días la magia de acceder a todo tipo de información y comunicarme con personas en Estados Unidos, España, México, Australia y muchos otros lugares al mismo tiempo. Empecé dándole un uso recreacional pero muy rápido cambié el enfoque y me interesé en aprender cómo funcionaba aquello. Empecé a estudiar de redes, de protocolos, de scripts y muchas otras cosas relacionadas. Estaba feliz aprendiendo y volver a la universidad ya no fue más la prioridad; lo malo es que para eso usaba todo el tiempo el teléfono de la empresa.

Estaba tan enganchado que, aunque cumplía con mi trabajo, mi jefe directo me llamó varias veces la atención porque sentaba un mal precedente para mis compañeros. Incluso me dieron las llaves de la oficina para que siguiera aprendiendo las noches o fines de semana, pero yo seguía conectándome todos los días todo el tiempo. La situación llegó a un resultado inevitable y evidente, mi jefe me echó del trabajo.

Y aquí viene el aprendizaje. Yo tenía plena consciencia de que lo merecía y, aunque no me gustó, sabía que debía asumir las consecuencias de mis actos. Estaba preparado para vivir una experiencia dolorosa porque ya me habían despedido antes, pero mi jefe mostró una gran maestría y humanidad en el manejo de la situación. Se sentó conmigo a conversar de corazón, sin juzgarme, me explicó las razones para tomar la decisión, me mostró cómo lo mejor para todos era que yo siguiera por otro camino y me dio casi dos meses para que buscara otro trabajo, con la libertad de ir a entrevistas cuando fuera necesario. Al final, terminé consiguiendo un trabajo donde tenía mejor sueldo y podía estar conectado a Internet todo el tiempo. Ganamos todos.

En estos días, revisando mi experiencia de más de 20 años en el mundo corporativo, me di cuenta de que ese jefe dejó una profunda impronta en mí y por eso lo sigo teniendo en alta estima. Nunca pude entender a las personas que faltaban al respeto y abusaban de sus subalternos ni, aún peor, a las empresas que los dejaran continuar y hasta premiaban a esos “buenos” gerentes porque “conseguían resultados a como dé lugar”. En cambio, me caen bien y admiro los “malos” gerentes, esos antisistema que, sin pretender ser líderes perfectos, se parecen a ese gran jefe que fue capaz de tomar decisiones que requería su negocio, pero poniendo por encima de todo el aspecto humano de la relación profesional. Gracias jefe, espero que leas este mensaje y recibas mi gratitud eterna.

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